miércoles, 29 de abril de 2009

YOKO

Hoy es un día como cualquier otro, es la hora pico y el periférico está atascado, la gente se acalora y se desespera al tratar de llegar a sus destinos.

La edición vespertina de los diarios ha empezado a venderse, una vez más, la noticia que se ve en los encabezados se refiere a las ya conocidas emboscadas religiosas, encargadas de, como lo han declarado sus propios autores y ejecutores: “Imponer a toda costa lo que la divina providencia les ha encomendado, o sea, la supresión ineludible de cualquier agresión en contra de la obra de Dios”. 

Un transeúnte compra al voceador uno de esos ejemplares y lee en la primera plana: “Mujer de 55 años es amordazada y quemada viva por miembros de la Suprema y Pontificia Orden de Vigilantes de la Justicia Divina”. 

Y debajo del encabezado, la siguiente explicación: “En esta ocasión, los Vigilantes de la Justicia Divina sentenciaron, con este terrible castigo, a una mujer que aceptó conceder al personal de un laboratorio, los derechos para utilizar su material genético en la creación de un ser idéntico a ella, es decir, lo que popularmente se conoce como una clonación humana. El personal del laboratorio fue alertado a tiempo sobre el atentado y pudo huir, no obstante viéndose obligado a abandonar las instalaciones sin oportunidad de rescatar las incubadoras que contenían su trabajo. Al irrumpir los Vigilantes de la Justicia Divina en las instalaciones, encontraron los datos personales de la mujer y luego destruyeron el recinto, el cual ya llevaba algunos años funcionando subversivamente como laboratorio de investigación”.

En seguida aparece una foto de la hoguera en la que ardieron los restos de una más de las almas condenadas. Alrededor de ésta, se ven algunos de los encapuchados verdugos arrojando leños al fuego y alzando los puños en señal de indignación.

El transeúnte sigue su camino hasta que es detenido por un pequeño niño salido de quien sabe dónde, su aspecto es deplorable, está sucio y harapiento, la expresión de su cara es como la de un zombi, usa un lenguaje ininteligible, apenas puede mantenerse en pie, su cuerpo se tambalea sobre esas dos varitas que lleva como piernas, el olor a solvente que expele es penetrante; ha estirado la mano para pedirle algo de dinero, el transeúnte apenas puede mirarlo, prefiere seguirse de largo como si lo que tuviera enfrente no fuera mas que parte de la calle como lo son la acera, los semáforos, el aturdidor bullicio de los carros o la apestosa contaminación.
 

Recuerdo que la primera vez que hice un bandeo de ADN fue cuando cumplí 19 años, me emocioné tanto que no quise irme a casa hasta terminar el reporte. Cuando llegué, vi a toda mi familia allí, esperando para felicitarme, estaban a punto de recoger la mesa que habían adornado con un delicioso pastel y muchas serpentinas; así que recordé: ¡De veras, hoy es mi cumpleaños!

Sentí un poco de pena por haberlos hecho esperar, pero después de un rato el disgusto estaba olvidado.

Eso fue hace mucho (toda una década), ahora hasta aislar ADN es cosa de niños. En este momento me enfrento a una situación más complicada, si mi hipótesis es acertada entonces este hallazgo cambiará la vida de mucha gente, por eso todo debe salir bien.

En 15 minutos el trabajo de tantos años por fin dará un resultado relevante. Cuando publique en unas horas que sí es posible la regeneración regulada in vivo de las neuronas humanas, y ¡aún después de una pérdida importante de tejido neuronal!, se van a volver locos los de la academia. ¡Y lo que nos espera! Tendremos mucho trabajo sí, pero valdrá la pena... se podría encontrar la solución a muchas enfermedades incurables, se corregirían los daños irreversibles de todos esos pobres dementes y de drogadictos como los que viven en las calles; ¡Quizá hasta se corregirían las malformaciones congénitas!... ¡Ah, en fin!...Y pensar que mis papás querían que estudiara publicidad, ¡ja, ja!
 
¡Bip, bip, bip!

Al sonar la alarma del comunicador, lo aproxima a sus ojos hasta que puede leer el mensaje transmitido.
No lo puede creer, su rostro ha dibujado un gesto que lo dice todo, la noticia es terrible; traga saliva intentando deshacer ese nudo en la garganta que le enmudece y le asfixia, segundos después logra desparalizarse. Su primera reacción es tomar las llaves de su automóvil y de inmediato abandonar el laboratorio sin siquiera recoger los reactivos ni el resto del material.
 

Es impresionante como todo puede cambiar en un instante. Casi sin darme cuenta, me encuentro en mi auto conduciendo a la máxima velocidad permitida, esperando llegar a tiempo al encuentro de aquello que siempre he temido: el sufrimiento de un ser querido.
Yoko es mi mejor amigo. Nos conocimos hace tres años cuando estudiaba el lenguaje de los animales, en los laboratorios ABC antes de que fueran destruidos.

Es indonés pero lo criaron junto con sus hermanos en el bioterio de la facultad de veterinaria. Fue elegido para el experimento por cubrir buena parte de los requisitos que el equipo de científicos había establecido y creo que hicieron una buena elección pues, en poco tiempo Yoko se ganó mi respeto y el de los demás al demostrar la gran habilidad que poseía para aprender y comunicarse.

Para él no había imposibles, en menos de lo esperado resolvía los acertijos a los que lo exponíamos a pesar de lo difíciles que llegaban a ser; cuando fallaba no perdía el interés, una vez que aceptaba el reto nada lo detenía.

A los dos nos encantaba pasear en el jardín, siempre se trepaba a los árboles y brincaba de rama en rama, como poseído por el verde de las hojas frescas. También allí almorzábamos juntos y alguna vez hasta compartimos nuestros alimentos.

Pero hay algo que hasta la fecha sigue siendo nuestro juego favorito: sumar y restar. Sin embargo, es lo único a lo que no ha querido renunciar, un día decidió dejar de cooperar, yo insistí en continuar con las pruebas y los ejercicios, pero él se negaba a participar. Finalmente terminé aceptando su decisión, comprendí que habíamos llegado al límite y que lo mejor era detenernos para tomar un descanso hasta que Yoko recuperara el ánimo.

Creo que hubiéramos avanzado mucho más de no haber sido por el atentado contra los laboratorios. 

¡Qué divertido fue escapar de los custodios religiosos con el cuento ese del mono infectado con un virus letal! Su ignorancia convierte a cualquier enfermedad (hasta a las inventadas) en un invencible demonio.

Desde entonces vivimos juntos. Resultó ser un excelente compañero de departamento, es muy limpio y ordenado, no se mete con mis cosas y no come demasiado; lo mejor de todo es que nos entendemos bien. Cuando estoy triste se las ingenia para hacerme reír con alguna ocurrencia o travesura y hace que ya no me atormenten los problemas. Pero también sabe cuándo quedarse quieto y no me distrae si me ve trabajando en serio.

Procuro que se sienta a gusto, he ambientado su guarida según sus preferencias, hasta parece una jungla miniatura; ya no vive enjaulado, tiene permiso para deambular por donde quiera, siempre y cuando no salga del departamento sin mí. A veces salimos al parque o vamos de compras para que elija lo que quiere comer. Aunque la verdad, me parece que debe sentirse incómodo viviendo en un lugar que no es su hábitat natural, por eso me he propuesto ahorrar suficiente dinero para reintegrarlo a dónde pertenece, quisiera enviarlo a la reserva ecológica de la península Malaya, seguro que allí sería feliz.

¡No puede ser! Sin que lo notara, mis lágrimas se han escurrido desde los ojos hasta las rodillas, creí que nunca volvería a llorar...hace tanto que no lo hago... ¡Malditos semáforos, deben estar en mi contra! ¡Resiste Yoko, llegaré muy pronto!
 

La portera del edificio acaba de escuchar un grito extraño y mira cómo las luces de los pasillos se prenden y apagan velozmente hasta que todo queda a oscuras, salvo en los rincones donde hay luces de emergencia.

“Es una falla eléctrica”, piensa. Ahora escucha un impactante ruido que proviene del último piso, parece que algo azotó en el suelo. De inmediato sube para cerciorarse de qué departamento se trata y llama a la policía.

En minutos han llegado allí. Les sorprende lo que ven. Tendido en el tapete yace una criaturita peluda y afelpada, medirá unos 80 cm de alto, tiene unos brazos muy largos, su pelaje es blanco pero sus patas y las manos son color marrón, su pequeña cara es tan oscura como sus negros ojitos que se encuentran muy abiertos e inmóviles. Pero también el resto de su cuerpo está paralizado. A lado del simio hay otros objetos tirados: una silla, un vaso que derrama agua y un diccionario- enciclopedia. Frente a él hay un mueble que sostiene una computadora de cuyo tablero aún escurre agua.

Instantes después llegan los paramédicos. Dudan un poco antes de brindar ayuda al lesionado pues, no esperaban que se tratara de un animal, pero se conmueven de él y siguen la rutina habitual que realizan en estos casos, con la excepción de que el traslado es hacia una clínica veterinaria.

Con el reanimador han conseguido restaurar el ritmo cardiaco pero no ha recuperado la conciencia, una y otra vez revisan sus signos vitales, las quemaduras en su patas son vendadas; un hilo de sangre sale de su boca, la angustia dentro de la ambulancia se incrementa. Al fin llegan al lugar, los reciben los camilleros y llevan al lesionado a la sala de urgencias, ahora queda en manos de los expertos.
 

¡Me está matando la impaciencia!, ¡¿Qué nunca me van a dejar ver a mi amigo?! , ¡Al fin, allí viene el médico!

“¿Cómo se encuentra?”, le pregunto, él me mira muy serio y me dice: “Por ahora va a estar bien, hemos estabilizado sus signos vitales y protegimos las quemaduras de sus patas para que no se infecten y puedan sanar muy pronto. Pero voy a ser sincero, me preocupan los datos de hemorragia interna que le detectamos, parece que una de las vísceras se dañó y está sangrando por dentro. Lo tendremos en observación para saber de cuál órgano se trata y resolver de inmediato el problema”. 

Ahora le pregunto si ya ha recuperado la conciencia y él, con una tranquilizadora sonrisa, me responde asintiendo con la cabeza, luego me señala la cama en donde se encuentra mi amigo.
Allí está el pobrecito. ¡Te has de haber llevado un buen susto! Me acerco cautelosamente a él para no despertarlo. ¡Qué quieto está!, parece que me lo cambiaron por otro; ¡Hasta su expresión de picardía se ha desvanecido! La que tiene ahora proyecta debilidad y sufrimiento. Seguro que la mía está igual, pues así me siento, débil, vulnerable, inútil. ¡Cómo pude hacerte esto! Debí protegerte de ese tipo de accidentes. ¡Jamás me lo perdonaré!

Acaricio su cabeza y lo espulgo como a él le gusta. Lentamente acerca su brazo hacia mí para tomar mi mano, ahora la sujeta con toda la fuerza que su dolencia le permite, yo también aprieto la suya. ¡Ya no puedo más!... Otra vez tengo las mejillas empapadas de lágrimas. 

“¡Escucha Yoko, tú eres mi amigo favorito!... ¡No voy a permitir que algo malo te pase! (snif, snif) ¡Perdóname!… No es justo que te pase esto. ¡Todo es mi culpa! (snif, snif)”.

Sus pequeños ojos se abren poco a poco, me miran fija y compasivamente. “¡Eso es amigo, no te des por vencido!, te prometo que en cuanto te recuperes tendrás todo lo que siempre has querido. Por eso no dejes de luchar, yo sé que lo lograrás. ¡Así eres tú, nada te detiene!, ¡Nada!”.

“Terminó la hora de visitas”, me avisa la enfermera, “mañana temprano podrá venir a verlo”.
Mientras me alejo, escucho los sollozos de Yoko, se humedecen mis ojos y se me eriza la piel.
 
¡Crish, crash! , ¡Pum, plash! 

Los encapuchados verdugos ya lograron forzar las puertas y demás accesos al laboratorio, están muy molestos, vienen decididos a todo.

Esta vez la víctima de la persecución es una persona que al parecer encontró la forma de corregir los daños cerebrales debidos a muerte neuronal. ¡Eso es inconcebible! Para los justicieros espirituales esto atenta contra la voluntad divina del Señor.

Van destruyendo lo que encuentran a su paso, quieren intimidar al fugitivo para que, enloquecido de terror, salga de su escondite y puedan aprehenderlo.

Los esfuerzos son inútiles, el recinto está vacío, alguien debió advertirle.

Encontraron al fin algunas pistas, una mesa de disección con instrumental usado, células en un cultivo dentro de una incubadora encendida, soluciones destapadas, una computadora con el protector de pantalla trabajando, etcétera. Todo indica que, quien estuvo allí, tuvo que dejar la habitación de improviso.

¡Ahora sí que están enfadados! No soportan fallar en su tarea, así que toman medidas drásticas. Por doquier van dejando dispositivos explosivos, apenas les quedan unos minutos para salir de allí.

Parece que todos los encapuchados ya están afuera, impacientemente esperan el momento de la detonación. 

Un sofocante silencio ha invadido el ambiente... de pronto, un deslumbrante destello ilumina de blanco, amarillo y anaranjado las siluetas siempre oscuras de los Vigilantes de la Justicia Divina. Y tras el letal rugido, nuevamente se ha hecho la calma.
 

¡Qué tarea más difícil la de describir cómo me siento!

Al principio fue un gran vacío en el estómago; ahora el vacío invade todo mi cuerpo, hasta he dejado de sentir que tengo cabeza, estoy desconectado totalmente, apenas algo de conciencia es lo que queda de mí.

Cuando el médico anunció que si no encuentran un donador de sangre para Yoko en las próximas 24 horas, nada podrá salvarlo, me desplomé.

Las enfermeras y veterinarios han sido muy amables conmigo, me tratan como a sus demás pacientes, he de lucir fatal, tanto o peor que uno de ellos. Me han sugerido descansar en una de las camas, más por inercia que por voluntad sigo su consejo y me recuesto en la única cama que encuentro vacía, al lado de otra en donde convalece un pastor alemán que al parecer se fracturó una pata.

¡Qué vergüenza!, ¡¿De qué me sirven todos los conocimientos que tengo si no puedo ayudarlo?! , ¡No sirvo para nada! De ahora en adelante no más experimentos, no más células, no más nada. ¡No tiene caso!... No, espera… ¡Eso es! ¡Pero claro! ¡¿Cómo no lo pensé antes?!... Esto puede funcionar, tiene que funcionar.

“¡Doctor, doctora, enfermera, vengan rápido! Necesito que me saquen sangre ahora mismo. ¡Aún podemos salvar la vida de Yoko! ¡Vengan rápido, por favor!...”
 
¡Bip, bip, bip! 

Al revisar el comunicador no puede contener su indignación. “¡Bola de canallas!, ¡Ignorantes desquiciados!”, murmura mientras la enfermera le extrae sangre del brazo izquierdo. Ella le mira extrañada, con curiosidad se acerca hacia el comunicador para ver el mensaje que contiene, no parece incomodar a su paciente, así que lo lee: “No más regeneración neuronal, el laboratorio fue destruido, nosotros estamos bien, queremos saber de ti, ¿cómo te encuentras?”
Mientras le retira la aguja de la piel y le pasa una torunda, la enfermera le comenta: “No te aflijas, todavía no hay un ganador en esta guerra”.

Luego toma la sangre extraída y la vierte en un recipiente que contiene un líquido viscoso y blanquecino. Después llevan el recipiente a una sala de operaciones en donde ya está todo listo para transfundir ese líquido al simio recostado sobre la mesa quirúrgica. 
 

Ya estoy en mi departamento, la portera se encargó de reparar los daños, así que ahora estoy en deuda. Al entrar y ver todo el desorden me imagino la trágica escena, prefiero borrarla de mi mente y dejar todo impecable de una buena vez.

Estoy a punto de terminar de limpiar, al lado del mueble de la computadora está tirado un mini disco que ha llamado mi atención, no creo haberlo visto antes; pudo haber estado allí desde hace mucho sin que yo lo notara, a lo mejor hasta contiene información sobre el trabajo que se perdió al estallar el laboratorio.
 

La luz fría de la pantalla ilumina el cuarto de estudio. Después de que ha tomado algunas horas ajustar sus cables y comandos, la computadora al fin está leyendo el misterioso mini disco.
El asombro le ha dejado los ojos desorbitados y la boca abierta, al mirar el fascinante contenido del archivo. 

Consiste en tres sencillas frases que, a pesar de lo cortas que son, contienen un gran significado:
tú amigo yoko
yoko te quiere
1+1=2
 

¡Quién lo hubiera creído! Así que después de todo, nuestra táctica fue la correcta.

No sé si se trata de una broma, pero no creo que sea así, solo tú y yo sabemos lo que 1+1=2 significa.

Y yo que creí que habías perdido tu capacidad intelectual.

¡Esto es genial, de verdad increíble!

¡Vales muchísimo Yoko, sí que lo vales!
 

La fresca y arrulladora brisa de la tarde acaricia su blanco y afelpado pelaje el cual acicala minuciosamente mientras observa el atardecer.

Se trata de Yoko, es el más pequeño en la manada de gibones que retozan entre las ramas de los árboles de la península Malaya.

Pronto será de noche y los misteriosos ruidos de la jungla surgirán de sus entrañas.

El canto de las aves, el chasquido de sus alas al volar, el murmullo de los insectos, el silbar de los árboles cuando los mueve el viento y el susurro del resto de las criaturas silvestres, hacen que la selva vibre y que la estrellada noche, allá en lo alto, huela la libertad que de ella emana.

 
Fin
 

Galinea

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